ARTICULO

  

Contra el capitalismo y el fundamentalismo islámico:

UNIDAD DE LOS OPRIMIDOS DE LAS DOS ORILLAS DEL MEDITERRANEO


"El fundamentalismo islámico ha sido precariamente contenido en el Magreb, pero la misma crisis que lo había generado se ha agravado posteriormente, y continúa su obra de devastación lo que hace prever una subversión posterior mucho más amplia que la ya producida". Esta análisis fue entregado en un artículo (que reproducimos a continuación) escrito el año 1998. El artículo no solo es certero en pronosticar la ampliación del fundamentalismo islámico sino que además entrega las claves que permiten determinar las causas que se ocultan en un conflicto formalmente religioso.


El Fundamentalismo Islámico en los países del Magreb: ¿Hambre o fe? (1998)

Del fundamentalismo islámico en Argelia y en otros países del Magreb en general, desde hace tiempo solo se habla cuando ocurren graves hechos criminales, como si el problema se fuese consumiendo por sí mismo, dando a entender que la situación vuelve a estar lentamente bajo control, eliminando así las causas que lo han generado. A lo sumo, la atención se concentra en el eterno e insoluble calvario de la cuestión palestina, que representa un capítulo aparte. La prensa burguesa se cansa fácilmente de un tema, buscando siempre nuevas noticias sangrientas que llevar a las primeras páginas. En este fin del milenio no existe ninguna dificultad para saciar esta sed vampiresca, solo la de elegir; todo el planeta sometido al dominio del capitalismo ofrece ocasiones sensacionales.

Hemos leído la experiencia argelina de estos años con estos criterios, admitiendo desde el inicio que el fenómeno generado por la pesada crisis económica en curso nacía influenciado por recurrentes y pútridas instancias religiosas, como ocurría en Irán hace veinte años. Nuestra esperanza era que el movimiento se liberase del pesado lastre coránico para recorrer, aun entre mil dificultades, el genuino camino de la lucha de clase; trabajadores y clases en vías de serlo contra los capitalistas y los terratenientes locales o extranjeros que fueran. De momento esto no ha sido así, y en parte también porque el proletariado europeo, su hermano mayor, más fuerte y experto, ha sido bloqueado en casa por la misma crisis en su intento de defender los pocos privilegios que le quedan; todos sus enemigos de derecha y de “izquierda” además han sabido organizar sabiamente una campaña de «información» centrada preferentemente en las matanzas con el fin, como ocurrió con la repartición de Yugoslavia, de crear un difundido sentimiento de miedo e incertidumbre, de ocultar las diferentes causas del conflicto que habrían podido unir a los trabajadores de las dos orillas del Mediterráneo. En este sentido el terrorismo político tanto aquí como allí, con sus víctimas y las consiguientes series de venganzas y retorsiones, ha reconfirmado su validez como instrumento para enfrentar y confundir a los trabajadores.

El fundamentalismo islámico ha sido precariamente contenido en el Magreb, pero la misma crisis que lo había generado se ha agravado posteriormente, y continúa su obra de devastación lo que hace prever una subversión posterior mucho más amplia que la ya producida.

Todas las noticias que llegan de los países islámicos son siempre presentadas como conflictos étnico-religiosos. Así ocurrió con el atentado de febrero de 1994 al presidente iraní, el chiíta Rafsanyani, por parte de un sunnita; apresuradamente un telediario en ausencia de ulteriores noticias mostraba una descarnada ficha de las condiciones económicas: desocupación = 30%; inflación = 100%; precio del petróleo crudo = - 25% respecto al año precedente. Por consiguiente, ¿hambre o fe?

También los hechos en Argelia después de la victoria electoral del FIS (Frente Islámico de Salvación), el sucesivo golpe de Estado en enero de 1992 que ha impedido la «democrática» gestión del poder, las matanzas de europeos no islámicos, los atentados continuos contra turistas extranjeros en Egipto y las ejecuciones casi cotidianas de los fundamentalistas, imponen hacer algunas consideraciones de carácter materialista por encima de las de tipo étnico-religioso-cultural con las cuales se busca explicar los motivos. Nuestra teoría se preocupa de estudiar los orígenes de todo fermento religioso en términos de explotación del trabajo y de choque entre las clases existentes; también el islamismo con sus «feroces Saladinos» o modernos integristas es considerado por nosotros como parte integrante de un sistema económico productivo basado en la división y la explotación entre las clases sociales que en determinados períodos de crisis aguda explota con formas violentas que frecuentemente asumen connotaciones externas religiosas.

Todas las religiones pertenecen a la esfera de la superestructura ideológica de control y son un reflejo y un complemento de cada forma productiva hasta ahora desarrolladas por las estructuras económicas de la sociedad; estructura y superestructura son dialécticamente correlativas entre sí; por una parte, la base económica genera la superestructura de constricción práctica y de conciencia, por otra, la superestructura tiene la función de conservar el sistema.

 
A este respecto es indispensable retomar un fragmento del escrito «Sobre los orígenes del cristianismo» de Engels:

«(...) Estas sublevaciones, como todos los movimientos de masas del medievo, llevan necesariamente una máscara religiosa, aparecen como restauraciones del cristianismo primitivo degenerado desde siglos; pero normalmente detrás de la exaltación religiosa se escondían intereses mundanos muy fuertes. Con estos contrastan singularmente las revueltas religiosas del mundo mahometano, especialmente en Africa. El Islam es una religión hecha por los orientales, especialmente por los árabes; por tanto, por un lado, por las ciudades que ejercitaban el comercio y la industria, y por el otro lado, por los beduinos nómadas. Este es el germen de un choque que se repite periódicamente. Las ciudades se hacen ricas, opulentas, se relajan en la observancia de la «ley». Los beduinos, pobres y, por esta pobreza, austeros en sus costumbres, miran con envidia y deseo estas riquezas y estos placeres. Entonces se reúnen bajo un profeta, un Madhi, para castigar a los pecadores, para restaurar el respeto por la ley ritual y por la verdadera fe, y para embolsarse como recompensa los tesoros de los infieles. Después de cien años, ellos se encuentran naturalmente en el mismo punto donde estaban los infieles; una nueva purificación de la fe es necesaria, surge un nuevo madhi, y el juego recomienza. Así ha sucedido con las conquistas de los Almoravides y los Almohades africanos en España hasta el último Madhi de Jartum, que se enfrentó con tanto éxito a los ingleses. Así, o de un modo similar, marchaban las cosas en las revueltas en Persia y en otros países mahometanos. Todos son movimientos que nacen de causas económicas y que tienen un disfraz religioso; pero, aun venciendo, dejan sobrevivir intactas las viejas condiciones económicas. Por consiguiente, todo queda igual que antes y el choque deviene periódico. En las sublevaciones populares del occidente cristiano, por el contrario, el disfraz religioso solo sirve como bandera y como máscara para el asalto a un ordenamiento económico anticuado; este finalmente es derrocado, surge uno nuevo, y el mundo avanza».

La respuesta a la objeción de que esta cita solo es válida para movimientos de siglos pasados nos la dan los explotados y oprimidos que se juntaron, por hambre y miseria, bajo la guía del imán Jomeini para destruir la fastuosa corte del Sha y que ahora por los mismos motivos que ayer, quince años después, disparan a su sucesor Rafsanyani aunque también él sea un «gran guía» político y religioso.

La significativa diferencia reside en el hecho de que en tiempos pasados se trataba del dominio del capital mercantil y, a pesar de las precisas prohibiciones religiosas, también del usurario. Hoy en cambio es el capitalismo senil industrial y financiero el que (con sus inexorables procesos de expropiación produce en las concentraciones urbanas y en el campo, masas de proletarios y también campesinos y artesanos pobres) rompe el carácter circular de las revoluciones en los países islámicos del que hablaba Engels.

Según el antiguo y arraigado derecho a la vida islámico «hanbalita», un hombre que se muere de hambre tiene justificación si por necesidad se procura un mínimo de alimento aunque lo haga con el uso de la fuerza; si muere es considerado un mártir, si mata a quien se le opone con las armas queda libre de toda responsabilidad penal. Para los chiítas el rechazo a dar de comer a un hambriento es considerado complicidad en el asesinato de un musulmán. Por tanto, la revuelta contra la vergonzosa opulencia del trono del pavo fue perfectamente justificada y dirigida por el clero fundamentalista. En esencia, no es muy diferente a la teología de la liberación desarrollada en Centroamérica.

Sin embargo, no nos interesan las disputas teológicas en sí entre chiítas, sunnitas, wahabitas o fundamentalistas, ya que estas sectas son solo uno de los instrumentos para dividir la unidad de clase de los proletarios de los países musulmanes, para confundirlos y desviar sus energías de su verdadero destino: la revolución. De igual forma que no tratamos de encontrar relación alguna entre la lucha de clase en Italia, Alemania, e Inglaterra y la subdivisión de la iglesia cristiana en católica, protestante, y anglicana.

 
 

Orígenes del fundamentalismo

 
Dentro de los movimientos islámicos que extraen sus principios políticos de los textos y de la tradición religiosa, podemos identificar tres diferentes grupos: Renacimiento, Reformismo, y Fundamentalismo.

Con el término de Renacimiento se designan aquellos movimientos islámicos que emergieron en los siglos XVIII y XIX, a menudo confinados en las áreas periféricas, lejos del alcance de la autoridad central. Fundados preferentemente sobre una base tribal, intentaban oponerse al inexorable hundimiento económico y comercial del gran imperio constituido por los cuatro Estados dinásticos principales: El Egipto mameluco, la Turquía otomana, la Persia de los safawíes y la India de los mogoles, atacados militarmente por Europa y Rusia. La primera y quizá más famosa manifestación del movimiento del Renacimiento tuvo lugar en Arabia central en el año 1749 bajo la guía de un exponente religioso y de un jefe local, aunque con el fin de poner a la cabeza al grupo árabe, marginado desde hacía tiempo.

Al contrario que el anterior, el Reformismo islámico fue un movimiento urbano que nació en el s. XIX y duró hasta el s. XX. Sus jefes eran funcionarios estatales, intelectuales o ulemas (doctores en teología coránica) tenazmente contrarios a las interpretaciones tradicionales de la religión y en abierto diálogo con la cultura y la filosofía europea en el intento de equipararse a esta, para evitar el declive intolerable del Islam. Estudiando las fases de la civilización europea, sus exponentes esperaban descubrir los presupuestos para la construcción de útiles estructuras políticas y de una sana base económica.

El fundamentalismo islámico es el grupo más reciente. De aquel gran imperio islámico, que los califas en los 130 primeros años de la era musulmana habían extendido desde España hasta Afganistán, en 1918 solo quedaba una mínima parte como imperio otomano, el cual pagó con su desmembramiento la alianza con los Imperios Centrales en la primera guerra mundial. Bajo el control anglo-francés se formaron diversos Estados y protectorados con un planteamiento laico, democrático y europeo, independientes aunque solamente sobre el papel. Estos nuevos gobernantes hicieron acto de obediencia formal al Islam, que se convierte por doquier en la religión del Estado, y por razones de oportunidad política, a su clero se le reconoció, en caso necesario, también una formal supremacía como fuente legislativa.

Es necesario precisar que el Islam como fe es una superestructura muy simple y no necesita de un clero especializado en la interpretación y en la intercesión; a pesar de esta simplicidad con el tiempo se formó una casta de religiosos enérgicos en el control de los fieles y contrarios a cualquier cambio, como ningún clero medieval lo ha sido nunca.

En estas construcciones geopolíticas artificiales, usadas para la expansión y el control del capitalismo europeo, se encuentra el origen y la fuerza de la parte más integrista del clero, a diferencia de los reformadores modernistas que buscaban conciliar los rigurosos preceptos coránicos con los del beneficio y la explotación capitalista. El esfuerzo de los actuales reformadores religiosos acerca de los reglamentos financieros sobre intereses, prestamos, hipotecas, leasing y otros instrumentos de la economía capitalista, que deberán adoptar los bancos islámicos que pujan por el ingreso de sus capitales en las plazas internacionales, se revela un puro bizantinismo de difícil comprensión.

En realidad, se trata de diferentes velocidades del paso desde una forma productiva a otra y del conjunto de la superestructura ideológica consiguiente, y de la capacidad de reciclarse para la nueva tarea, todo magnificado por el hecho de que el surgimiento de la industria y del capitalismo llegó en pocas décadas y fue introducido prepotentemente desde el exterior.

Las diferencias entre las dos sectas principales, la sunnita, que reconoce la separación y una relativa autonomía entre los asuntos políticos y la religión, y la chiíta, que en cambio reclama la sumisión de la política al predominio de la religión, no intervienen de modo particular en la cuestión del fundamentalismo. De hecho, se trata del choque entre grupos de poder por el control del Estado basado de todas formas en la propiedad privada, en la progresiva abolición de los antiguos bienes colectivos (agua, pastos y tierras), y en la división entre las clases y en un salario justo.

Como organización activa, los fundamentalistas actuales tienen un pasado relativamente reciente que va unido a las vicisitudes de la formación de los Estados árabes modernos en su choque inmediato contra los grupos de poder dirigidos por el imperialismo europeo primero, y ruso y americano después, para gobernar bajo su tutela las nuevas entidades estatales.

Citamos los acontecimientos más significativos extraídos de «Islam: Estados sin nación» de P. Vatikiotis. En el periodo entre 1930 y 1950 la confraternidad de los Hermanos Musulmanes, fundada en 1928 en Egipto por un sufi, maestro de escuela primaria, Hasan al-Banna, como sociedad filantrópico-religiosa, se convierte en poco tiempo en el más grande movimiento de masas con trasfondo político-religioso que jamás hayan visto los tiempos modernos. La solidaridad sólo entre los musulmanes, no importa de qué país sean, y la limosna equivalente al 10% del grano, del 2,5% de los animales útiles y sucesivamente del oro y de la plata, que siendo originariamente voluntaria se convierte en un impuesto regular a favor de los pobres, era uno de los fundamentos que permitían la unión de todos los creyentes en la umma, es decir, la gran comunidad por excelencia de todos los musulmanes que no reconoce las fronteras políticas entre Estados sino solo las religiosas.

A diferencia de los viejos reformadores musulmanes modernistas de los primeras décadas del siglo, los Hermanos Musulmanes tenían un programa radical que no pretendía hacer una reforma del islam que pudiese explicar y comprender las necesarias modificaciones funcionales del naciente capitalismo, por el contrario, lo que buscaba era un retorno a las antiguas enseñanzas de los patriarcas para hacer de ellas los únicos fundamentos del ordenamiento político y social, recurriendo si era necesario a la violencia. Debido a esta oposición a los inmensos intereses económicos en juego, la represión que le acompañó desde 1954 a 1966 fue violentísima: no se escatimaron sogas y cadenas para el millar de fundamentalistas arrestados, culminando con la ejecución de Sayyid Qutbd, el primer gran ideólogo del integrismo islámico, que en ese tiempo se había extendido a Siria y Líbano.

 

Sayyid Qutb, es uno de los pensadores más influyentes en el mundo islámico. Fundamentaba su visión política e ideológica en la necesidad de "limpieza" de la sociedad musulmana de cualquier influencia occidental. Además de eso, afirmaba que los regímenes musulmanes contemporáneos eran apóstatas, al aplicar las leyes seculares y laicas en lugar de la sharia, instituida por Alah.El 30 de agosto de 1965, Nasser acusó oficialmente a los Hermanos Musulmanes, previamente ilegalizados en 1954, de haberse reconstituido. Su líder, Sayyib Qutb, fue detenido juzgado y ejecutado por traición el 29 de agosto de 1966.

 

El resultado inmediato obtenido fue que el movimiento se dividió en dos partes: una de ellas pacta con el sistema y deja de constituir un problema, la otra se hace todavía más radical e intransigente, definiendo a los gobiernos no islámicos como infieles, proclamando por esta razón que estos debían ser destruidos.

La derrota egipcia en 1967 en la guerra con Israel da a los fundamentalistas una ulterior ventaja; de 1974 a 1981 los nuevos grupos que se habían reorganizado se expresan en una consistente serie de actividades violentas entre las cuales se encuentran el sangriento ataque al Colegio Técnico Militar del Cairo, el rapto y asesinato de un ministro del WAQF (ministerio expresamente creado para la gestión de las ricas donaciones piadosas y de las limosnas para la beneficencia), choques con el ejército y la policía en el Medio y Alto Egipto y el asesinato de Sadat.

En los años 70 y 80 el movimiento de las mezquitas se extiende a las universidades, incluso por obra de militantes provenientes de partidos de vaga inspiración comunista. La fraseología religiosa coránica fue hibridada con nuevos términos, con el fin de dar a la protesta que parte de la miseria, la forma de un programa político. Es oportuno observar que la adhesión al fundamentalismo por parte del proletariado y de las clases medias en vías de proletarización no deriva ciertamente del reclamo religioso o de la eficacia de la predicación coránica, sino del enorme empuje de la crisis capitalista que no encuentra en la genuina lucha de clase su salida natural, ni en el sindicato rojo ni en el partido comunista a sus órganos dirigentes. Además, ante la ausencia de un fuerte movimiento de empuje y de apoyo por parte del proletariado europeo, las enormes energías de las masas árabes son, por el momento, desviadas hacia falsos objetivos religiosos.

Un posterior punto fuerte para los musulmanes de estrecha observancia y también para los integristas es la defensa de la umma, la comunidad de los creyentes con carácter supranacional. Desde un punto de vista cuantitativo esta umma supera los 420 millones de individuos en 29 países con un 90% de musulmanes. Sin embargo es conveniente presentar una lista de los países más habitados y hacer algunas consideraciones: 1) Pakistán, 86,2 millones; 2) Turquía, 56,7; 3) Irán, 49,3; 4) Egipto, 49,2; 5) Argelia, 25,9; 6) Marruecos, 24,9; 7) Uzbekistán, 20,7; 8) Kazakistán, 16,8; 9) Yemen, 11,5; 10) Túnez, 7,6. Les siguen: Mali, Arabia Saudita y Azerbaiyán con una cantidad que supera por poco los 7 millones.

Ninguno de estos países supera los 100 millones de habitantes o más precisamente de consumidores, que para los economistas de la International Management (octubre-1990), es el mínimo indispensable para realizar una economía globalmente independiente y agresiva en el mercado mundial. Obviamente se precisan otras condiciones, entre la cuales las más evidentes son una adecuada masa de capitales, una consistente densidad de población y un nivel técnico bien consolidado. Japón y la Alemania unificada se encuentran en esta situación, mientras los USA y la CEI (ex URSS) tienen una masa de consumidores mayor pero con una baja densidad.

En el grupo de los 50/100 millones (Francia, Italia, Inglaterra están cercanos a la cuota de 57 millones, para entendernos), umbral necesario para que pueda realizarse un desarrollo capitalista nacional adecuado con la formación de una consistente fuerza proletaria, encontramos a duras penas cuatro Estados; otros dos están apenas a la mitad y los restantes aún más bajos, relegados al papel de provincias coloniales de las economías más fuertes.

Esto hace que actualmente ningún país esté en condiciones de constituir, como lo hicieron en el pasado las diversas dinastías, un punto real de unión de esta comunidad supranacional; asistimos por el contrario al fenómeno opuesto. Los modernos Estados árabes, con sus fronteras y sus ejércitos prestos a defenderlas, se oponen de hecho a esta concepción y la quebrantan en muchas partes, como ha quedado de manifiesto con la guerra entre Irak e Irán, el mayor conflicto entre países musulmanes desde hace más de un milenio.

No debe haber sido nada difícil transformar y disfrazar una disputa territorial presentándola como conflicto étnico-religioso: persas chiítas usurpadores contra árabes sunnitas infieles como excusa para mandar a la masacre a generaciones enteras en las fronteras de Chatt el Arab por su santidad el Petróleo.

El fundamentalismo se ha difundido principalmente entre los estratos más pobres y explotados de la sociedad, como asalariados, campesinos expropiados y empujados a emigrar a la ciudad, trabajadores y pequeña burguesía, que gira alrededor de la economía de los bazares, y de una parte del clero islámico.

La teoría de este movimiento interclasista se puede resumir en tres puntos fundamentales:

 1) La modernidad laica es el mal por antonomasia; los religiosos y los políticos que gobiernan según los esquemas laicos y modernos son infieles, y por consiguiente, se les debe combatir hasta destruirles;

 2) el único remedio al mal es la rebelión conducida por la vanguardia de los verdaderos creyentes;

 3) en un cierto punto la rebelión se transforma en guerra santa (yihad) que comporta el sacrificio y el martirio por amor a la comunidad.

Por el momento el proletariado musulmán ha sido neutralizado por la burguesía y por el clero islámico pero cuando se muestre que ninguna religión puede contener las devastaciones de la crisis capitalista, nuestros hermanos de clase identificaran al verdadero enemigo que hay que abatir hasta la destrucción: el modo de producción capitalista.

Resumiendo: con Engels hemos visto la forma circular de las revoluciones en los países islámicos entre las ciudades opulentas y los pueblos miserables, típica del pasado. El enfrentamiento se presenta en la actualidad modificado por la crisis capitalista que opone entre sí a clases económicamente y socialmente diversas: capitalistas y terratenientes por un lado, y masas trabajadoras expropiadas de todo, pequeños campesinos y míseros artesanos por el otro.

El Fundamentalismo es un movimiento radical que es la continuación, aunque contraponiéndose, de los precedentes del Renacimiento, y del reciente Reformismo, que intentaba conciliar las leyes coránicas con las exigencias de desarrollo del capitalismo.

Difundido entre los estratos más pobres de la sociedad el fundamentalismo es un movimiento interclasista que, incluso mediante acciones violentas y de terrorismo, se opone a la «modernidad laica», en vez de oponerse a la explotación capitalista, verdadera causa de los actuales sufrimientos de las masas oprimidas.

Rebelión y guerra santa hasta el martirio son los medios para abatir los regímenes infectos y corruptos, de cualquier tipo o secta que sean, para alcanzar finalmente la umma, o la comunidad de todos los creyentes islámicos que no conoce fronteras.

Ningún país musulmán tiene hoy las características económicas y productivas, en sentido capitalista, para ser el potente motor de la unidad de los países o mejor de las fuerzas productivas árabes.

  

Umma religiosa y panarabismo: dos mitos de la unidad árabe

  

Potencialmente el mundo árabe por medio del llamamiento religioso a la umma islámica y al panarabismo tiene dos puntos claves para iniciar un movimiento centrípeto que llegue a una cierta forma estable de unificación, que produciría, también la unificación de todo el proletariado de los países islámicos.

En torno a los que no están claramente definidos, también el Irán fundamentalista desarrolla una acción de arrastre respecto a algunos países islámicos, aun sin poseer completamente las características económicas y productivas necesarias para ese fin.

Mientras el panarabismo ha fracasado en un primer intento, el reclamo religioso que eclipsa un movimiento de masas explotadas y hambrientas, por el momento no parece seguir una estrategia proveniente de un único centro dirigente, sino que las diferentes organizaciones parecen moverse independientemente las unas de las otras concentrándose preferentemente en el choque directo de cada una contra los propios gobiernos nacionales.

Esta situación se presenta también en las seculares y consolidadas divisiones religiosas; los sunnitas no reconocen una autoridad superior pero siguen los dictados de diversos jefes religiosos; al contrario, los chiitas, como en el caso de Jomeini, eligen una figura guía con carácter supranacional. Según la antigua tradición religiosa, el Islam rechaza el Estado nación en favor de la comunidad de los creyentes independientemente de su lugar de residencia, precepto ciertamente válido para poblaciones seminomadas en los márgenes de vastas áreas desérticas, pero que para ser aplicado actualmente requeriría cancelar las fronteras económicas trazadas por el imperialismo europeo y americano.

Como no podía ser de otra manera, también la solidaridad con la comunidad musulmana de Bosnia durante la guerra, teniendo en cuenta los vínculos y los obstáculos diplomáticos, no parece que haya sido consecuente con los llamamientos coránicos a la gran umma, aparte de algunas mínimas ayudas simbólicas y del asesinato como venganza de algunos técnicos yugoslavos no musulmanes por parte del FIS en Argelia.

Para el fundamentalismo, el deber de un verdadero musulmán en la actualidad no es la búsqueda de la verdad, sino la conquista del poder mediante la guerra santa, y por ello los grandes centros económicos, sobre todo los europeos, que controlan los flujos petrolíferos, consideran a estos movimientos como un peligro real, ya que si obtuviesen la victoria atacarían los proyectos que se han impuesto en esas áreas desde hace medio siglo. Por eso el apoyo por parte de los centros imperialistas a los gobiernos en funciones es fuerte y la suspensión de las elecciones en Argelia ha sido presentada como un hecho estabilizador contra los excesos de una masa de fanáticos asesinos.

Poco o nada se ha dicho sobre el endeudamiento económico, especialmente alimentario, ni sobre la caída forzada de la renta petrolífera, renta que redunda solo en una parte insignificante de la masa de la población.

Los países musulmanes, especialmente los mediterráneos, para mantener los buenos negocios de todos, deben permanecer como fuentes de mano de obra barata y de materias primas a bajo costo y como meta de un tranquilo y económico turismo exótico-cultural que, después del primero de una serie de ataques armados a un crucero por el Nilo en octubre de 1992, ha sido desviado hacia zonas más seguras, mientras los autocares de turistas, después de repetidos asaltos, han sido dotados de escoltas armados.

A otra guerra santa se refería el compañero Zinoviev en la primera sesión del Congreso de los Pueblos de Oriente celebrado en Bakú en 1920:

«¡Compañeros, hermanos! Ha llegado el día en el que podéis comenzar la organización de la verdadera guerra santa contra vuestros opresores. La Internacional comunista hoy se dirige a los pueblos de Oriente y les grita; ¡Hermanos! Os llamamos a la guerra santa, a la guerra santa en primer lugar contra el imperialismo inglés!».

También la llamada a la comunidad y la solidaridad que no conoce fronteras se expresa en ese documento de forma diferente a la religiosa siguiendo la invitación ya dirigida por el Manifiesto del Partido Comunista de 1848: ¡Proletarios de todos los países, uníos!

«Retened bien estas palabras: cada capitalista inglés no hace trabajar solamente a docenas y centenares de obreros ingleses, sino a centenares y millares de campesinos en Persia, Turquía, India, y en otros países sometidos al capitalismo británico. La conclusión que se impone es que este millardo y cuarto de población oprimida debe unirse; y que si estas legiones de esclavos se unen no habrá ninguna fuerza en el mundo que pueda someterla a esos bandidos que se llaman «capitalistas ingleses». Además, los representantes de los trabajadores comunistas de todo el mundo os dirigen esta invitación y os ofrecen su ayuda fraterna en esta lucha, tan dolorosa como dura, pero inevitable».

Es inútil recordar que esta invitación y esta oferta son siempre validas, ya que la duración y el agravamiento de la crisis capitalista nos une aún más.

La segunda oportunidad para la unificación de los Estados árabes, es decir, el panarabismo de los años 60, manifestó muy pronto con su fracaso que era una construcción artificial. Releemos en un artículo de  1983 «El mito de la unidad árabe»:  «Es la subida al poder de Nasser el hecho más importante: toda la política de nacionalizaciones de la república egipcia retoma la bandera del panarabismo, de la gran patria árabe unida, trata de devolver el vigor a la liga árabe constituida en 1945, por Egipto, Arabia Saudita, Yemen, Transjordania, Irak, Líbano y Siria, una liga que había demostrado toda su impotencia, toda su ineficacia, todos los límites del federalismo en la guerra de 1948 contra Israel. El primer golpe al renacido panarabismo lo dio Irak, cuando en 1954 se alío con Turquía, que había ingresado dos años antes en la OTAN, para después adherirse, en 1955, al pacto de Bagdad que ampliaba el pacto turco-iraquí a Irán, Pakistán y Gran Bretaña, y que encontraba aprobación y apoyo sobre todo de los Estados Unidos».

El período que sigue, de tensiones políticas con continuos cambios de alianzas, ve crecer fuertemente la influencia militar ruso-americana en progresiva sustitución de la franco-británica hasta el desembarco en el Líbano en 1958: “El blanco del vil acto de fuerza de los Estados Unidos no es tanto la salvación del podrido régimen de Chamoun, como la unificación árabe. No por casualidad la intervención armada americana ha sido decidida poco antes de la revolución antimonárquica de Irak que ha hecho justicia de la monarquía filo británica y de sus servidores sanguinarios. A los gánster del dólar les apremia sobretodo impedir la formación del gran Estado unitario que es la aspiración del movimiento panarabista y por consiguiente salvar las alianzas militares que son el mayor obstáculo a la unificación de los pueblos de Oriente Medio.  Pero las débiles burguesías árabes, llegadas demasiado tarde a la arena de la historia, expresión de economías débiles totalmente dependientes del mercado mundial, temían bastante más a las masas explotadas y hambrientas de proletarios y campesinos pobres que con sus agitaciones les habían llevado al poder, que a las viejas clases tribales, a las que habían quitado el puesto, y al imperialismo internacional, frecuentemente condenado en apariencia. La conclusión fue que en todos los países los nuevos gobiernos burgueses inmediatamente reprimieron todo espontáneo movimiento de masas y se pusieron de acuerdo tanto con las viejas clases destronadas como con el imperialismo de Oeste o del Este, según sus contingentes intereses estatales».

El capítulo se cierra con un preciso análisis de la parábola efectuada por los acontecimientos que han señalado el progresivo empobrecimiento de las masas árabes, reducidas a simples rehenes para uso, a través de las burguesías locales, de los proyectos económicos de los grandes centros del poder capitalista:

«El hecho trágico, que pesará terriblemente en los acontecimientos futuros, era que el panarabismo no se podía de ninguna manera resucitar, ni desde abajo - es decir, apoyándose en los prófugos palestinos, repartidos por todo el Oriente Medio - ni aun menos desde arriba como había tratado de hacer Nasser. El panarabismo is over (se le ha pasado el momento), las citas históricas habidas le habían fallado clamorosamente y el irredentismo palestino no podía ya resucitarlo. Los millares de prófugos palestinos hacinados en campos y barrios de miseria reflejaban toda la tragedia del Oriente Medio, mosaico no de naciones (que no existen ni en un formato menor, ni como los hechos históricos han demostrado, en un solo formato mayor de una única nación árabe) sino de Estados atacados en sus intereses particulares, cada uno atado de pies y manos a esta o aquella potencia, cada uno delirante de una independencia económica y política negada por su dependencia real del mercado mundial del petróleo o del algodón o del suministro de armas de una u otra potencia, cada uno orgulloso y satisfecho cuanto sumiso servidor de las grandes multinacionales, cada uno gobernado por pseudo-burguesías ávidas y parásitas o también por los despojos de un pasado milenario ni siquiera feudal sino apenas tribal».

Sobre este escenario se inserta el movimiento fundamentalista desencadenado por el avivamiento de la crisis capitalista que partiendo de Irán, aunque permaneciendo en el ámbito de un simple cambio de régimen de cualquier manera democrático-burgués, envuelve violentamente al Sudan, Egipto, y Argelia. Los preceptos coránicos y los genéricos llamamientos a la umma, abandonado el raído panarabismo, por el momento tapan la dimensión y profundidad de la crisis económica.